Tarot en Bilbao

Tarot en Bilbao, en tierra de Mari y de lamias

Montaña de roca caliza entre la niebla, con prados verdes y un caserío de piedra con tejado rojo al pie

En Bizkaia se cuenta desde hace siglos que en una cueva del monte Anboto vive una señora que lo sabe todo y que no perdona la mentira. Con una vecina así, sacar las cartas en Bilbao tiene otro sabor.

El tarot llegó tarde a estas tierras. Las primeras barajas con triunfos se pintaron para las cortes italianas del Renacimiento, y servían para jugar. Echar las cartas con ellas es costumbre bastante más tardía, que se extendió sobre todo desde Francia. Cuando una baraja de Marsella aparece hoy en una mesa de Bilbao, entra en un país que ya tenía sus propios seres para hablar de lo que no se ve.

Y los tenía con nombre. La mitología vasca que recogió el etnógrafo José Miguel de Barandiarán a lo largo del siglo XX está llena de figuras con casa fija: un monte, una cueva, un río. Eso es lo primero que llama la atención a quien viene de fuera.

Una mitología pegada al paisaje

Mari vive en cuevas de las cumbres, y la más famosa está en Anboto, en el Duranguesado. Las lamias se peinan junto a los ríos. Las sorginak se reúnen de noche en prados concretos. Basajaun guarda el bosque y avisa a los pastores de la tormenta.

No son dioses lejanos. Son vecinos con malas pulgas, a los que se trata con cuidado y con ciertas normas: a Mari, por ejemplo, hay que tutearla. En el artículo sobre Mari y la señora de Anboto están sus historias más conocidas.

Dónde encaja el tarot

En ninguna parte, si uno es estricto. Los arcanos son imágenes europeas del Renacimiento: un papa, un emperador, un carro triunfal. Nada que ver con el macho cabrío del akelarre ni con el peine de oro de una lamia.

Pero hay parecidos que se notan en cuanto se miran las cartas con ojos de aquí. La Sacerdotisa, sentada entre dos columnas con un libro a medio abrir, recuerda bastante a una Mari que sabe y calla. La Luna de la baraja Rider-Waite, con su perro, su lobo y su cangrejo saliendo del agua, es una noche de río muy parecida a las de las lamias. Y la Torre, partida por un rayo, la entendería cualquier pastor que haya visto venir una tormenta desde Gorbea.

Leer así es un juego de asociaciones. A mucha gente le sirve para que las cartas le hablen con imágenes que ya conoce.

«Todo lo que tiene nombre existe»

Barandiarán recogía un dicho vasco, izena duen guztia omen da, que viene a decir eso: lo que tiene nombre, existe. Para una tirada de tarot es un buen principio. Poner nombre a lo que preocupa, en voz alta y delante de una carta, ya es medio trabajo hecho, salga la carta que salga.

Ese es el uso que defendemos aquí. El tarot como pretexto para pensar, con la misma prudencia con la que en los caseríos se pasaba de largo por la cueva de Mari: con respeto y sin esperar milagros. Nadie ve el futuro en unas cartas, y quien prometa lo contrario está vendiendo otra cosa.

De las palabras vascas que más se cruzan con el esoterismo, y de por qué akelarre ha llegado a todos los idiomas, hablamos en el otro artículo.

Historias de la mitología vasca